Durante siglos la filosofía y la ciencia se han venido preguntando ¿Qué es el hombre? Desde Aristóteles que formulo la primera definición hasta nuestros modernos sociólogos, se han elaborado miles de respuestas a esta antigua interrogante.
Julián Marías, en su Antropología Metafísica nos ha demostrado que esta pregunta esta equivocada y que, por eso mismo, ha conducido invariablemente a respuestas igualmente equivocada. Si alguien llama a la puerta, nos dice el eminente pensador preguntamos ¿Quién es? Y no ¿Qué es?. Y nos recuerda luego que el lenguaje cotidiano suele ser más razonable que la filosofía.
Cuando Severino Boecio definio en el siglo V, lo que es persona dijo que era, una sustancia individual de naturaleza racional, de lo que se desprende que una persona es una cosa aun cuando debamos agregarle una cualidad específica que la distingue de otras cosas, pero no es cosa en términos llanos, porque ser cosa quiere decir tener realidad ya dada, fija y al menos relativamente estable.
El hombre, en cambio, se hace a si mismo forja su personalidad, cultiva su inteligencia, lucha contra la adversidad, distingue entre el bien y el mal, elige su destino y procura asemejarse a su Creador obedeciendo a un irresistible impulso de autoperfección. Es un ser único, inigualable e irrepetible. Tiene independencia de ideas y sentimientos, y al mismo tiempo es socialmente interdependiente. Su vida es individual, pero indisolublemente galvanizada a la interacción social.
Es preciso pues, que analicemos al hombre como unidad actuante. Únicamente así podremos interpretar su actuación social y establecer la zona de peligro donde su libertad individual entra en conflicto con las complejidades de esta abstracción impersonal y frecuentemente deshumanizada que llamamos la sociedad.
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